Cómo me convertí en hombre lobo
Terror y pavor...
Varios de vosotros me habéis preguntado por este particular momento de mi vida, hoy os complaceré. Advierto, sin embargo, que los terribles sucesos que leeréis a continuación pueden herir a personas sensibles o de carácter asustadizo. Harán bien en temer, porque hay algo incomprensible ahí fuera, y sus intenciones no son buenas.
Yo era muy joven, un muchacho con el carnet de conducir recién sacado y dueño de una lata de sardinas a la que llamaba coche. Con mi flamante tartana puse rumbo a cierto y conocido macizo montañoso, siempre me ha gustado la montaña. Decidí salirme de los itinerarios habituales, de las rutas que frecuenta todo el mundo. Así, tras establecer mi campamento y haber dormido toda la noche de un tirón, me levanté a las seis de la mañana para realizar una larga travesía. Caminé durante largas horas y, cuando no me faltaba más que un kilómetro para llegar a unos antiguos refugios de pastores, donde pensaba pernoctar, cayó el negro manto de la noche cubriéndolo todo. Primero cubrió el suelo, luego llegó hasta mis botas y me pasó por encima, finalmente, todo se oscureció. Pensé que era afortunado, la luna llena iluminaba la montaña de tal forma que apenas necesitaba la linterna. Entonces, sentí un olor penetrante. Para un olfato entrenado, como era el mío, no resultaba difícil distinguir entre el rastro que dejan los gatos monteses u otros animales, pero éste era diferente. Daba miedo, mucho miedo. Sentí que aquel olor era el aviso de algo terrible. Apreté el paso y algo lo hizo también tras los árboles, sabía que las manadas de lobos a veces seguían a los pastores cuando éstos llevaban sus rebaños al redil, pero sin atreverse a atacar por la presencia humana. Intenté tranquilizarme con este pensamiento. Entonces escuché un rugido atroz y sentí un golpe que me derribó como si yo, que pesaba cerca de ochenta kilos, fuera una brizna de hierba. Luego vino lo peor, otro rugido y un dolor mortal, vi lo que parecía una enorme cabeza de lobo clavando sus dientes en mi costado con tal fuerza que pude oír cómo crujían mis costillas al quebrarse. Abrió la boca para darme el mordisco fatal y entonces, sacando fuerzas de flaqueza, me agarré fuertemente a su duro pelo y le mordí el hocico. Soltó un alarido y de un zarpazo me lanzó a varios metros, caí rodando por una pendiente, el monstruo venía tras de mí. Escuche balidos, ovejas que huían asustadas, la bestia estaba a mi lado y me miraba con odio visceral, en ese momento escuche tres rugidos atronadores que sonaban al unísono como un coro de barbería, los mastines que protegían al rebaño se lanzaron sobre la bestia, eran muy grandes, más de ochenta kilos de dientes fieles a la protección del rebaño. Aquellos tres perrazos, no sólo hicieron huir al hombre lobo, que luego descubrí era una anciana vendedora de queso de cabra, sino que, viéndome en tan lamentable estado, lamieron mis heridas y se quedaron a mi lado toda la noche. Hasta el amanecer, pude oír los aullidos de rabia del monstruo por no haberme podido devorar. A la mañana siguiente, mis heridas, que creí me matarían, habían comenzado a sanar y me encontré mucho mejor. Abracé a mis salvadores y emprendí la marcha de regreso al campamento. Aún no sabía que era víctima de una terrible maldición.
El médico achacó mis heridas al ataque de un oso, yo no le contradije para evitar que me tomasen por loco, pero lo que había visto era muy distinto. Al pasar por una aldea, tras el ataque, vi a una mujer de avanzada edad que vendía queso, tenía la nariz vendada y me miró con odio feroz. Me dijo: “muchacho, te llevas un curioso recuerdo de estas tierras...” Sin saberlo, me llevaba una terrible bestia de regreso a casa, yo mismo.
Felices pesadillas.
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sergy dijo
que buena !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
!!!!!!!!!!!!!!!calidad""""""""""""""""""""
25 Octubre 2009 | 10:36 PM